Rosa Yabo tenía 40 años y era vecina de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en su casa, en el quinto piso de Pasteur 632.

Esa mañana Rosa tenía que ir al dentista pero se quedó dormida. Con ayuda de su empleada doméstica aprovechó para adelantar algunos quehaceres en la cocina. Su marido estaba en el baño y los chicos en el cuarto. Ese lunes, como eran vacaciones de invierno, la casa tenía un ritmo más tranquilo que fue interrumpido violentamente. Bajaron todos lo más rápido que pudieron. La calle era una montaña de escombros y el panorama ensordecedor. Gente llorando, gente corriendo, gente gritando.

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Rafael Jesús Lezcano tenía 37 años y trabajaba en una cuadrilla de EDESUR frente a la AMIA.

A las 9:53 estaba al volante del camión con el que habían llegado.

Mientras sus compañeros preparaban las herramientas para su trabajo explotó la bomba. Ellos, que estaban ahí para realizar un refuerzo de la conexión, pensaron que había sido una sobrecarga de electricidad. Todavía en shock, pensaron en volver al depósito que se encontraba en el barrio de Constitución. Cuando reaccionaron estaban pasando Avenida Libertador. Iban con el auto en sentido contrario.

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Samuel Szurman tenía 60 años y era empleado en el Centro de Día vecino a la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en Pasteur 655.

Médico psiquiatra, Samuel estaba atendiendo a una paciente cuando se produjo la explosión. De golpe se le vino el techo encima. Alcanzó a salir rodando y resguardarse bajo el marco de la puerta. Cuando salió del consultorio y vio la AMIA destruida entendió que había sido un atentado. Quedó paralizado ante tamaño horror.

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Laura Moragues tenía 24 años y tenía un comercio vecino a la AMIA

A las 9.53 hs. estaba atendiendo su negocio en Pasteur 669.

Como todas las mañanas, Laura abrió temprano el negocio. Despidió a un visitador médico y volvió al local porque una clienta había entrado. Esa mujer, que no volvió a ver, es su ángel de la guarda. Estaba atendiendo cuando la bomba explotó. Cuando se pudo recuperar salió a buscar a su hermano, que tenía el local a unos metros, y pudo ver su figura en medio de la polvareda. Con las marquesinas caídas improvisaron camillas y empezaron a ayudar. Como en su negocio todavía funcionaban las líneas telefónicas, se utilizó como centro de operaciones para los rescatistas.

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María Elsa Cena tenía 38 años y trabajaba en el bar de la esquina.

A las 9.53 hs. estaba en la cocina de Pasteur 605.

Ese día empezaba a trabajar en el bar como cocinera. Sintió la explosión y sus compañeros corrieron. Pensó que habían sido las freidoras. Pueden explotar cuando no se las ajusta bien. Todos habían salido, salvo “la nueva”, que se había desmayado. Entre todos la ayudaron y la sentaron en el cordón de la vereda. Ya se escuchaban los gritos: “volaron la AMIA”. Ella no entendía, por la mañana camino a su nuevo trabajo había pasado por la puerta de ese edificio, pero no sabía lo que era. En la calle la sorprendieron las imágenes de un horror que aún hoy no puede olvidar.

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Miguel Salem tenía 35 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Esa mañana Miguel estaba en su escritorio cuando su compañera de trabajo, Anita Weinstein, se acercó a hacerle una consulta. Después de la explosión, alguien gritó al piso y se tiraron debajo del escritorio. Junto a otros colegas se las arreglaron para salir por un techo hacía la calle Uriburu. Ese mismo día Miguel pudo ir a su casa. El contestador estaba lleno. Antes de cambiarse de ropa y volver, dejó un nuevo mensaje automático: "Estoy bien, no se preocupen".

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Mirta Regina Satz tenía 25 años y era empleada de la AMIA.

A las 9:53 estaba en el segundo piso del edificio.

Mirta estaba sola en la oficina de tesorería. En ese momento, mientras todo el edificio se venía abajo logró correr hacía donde había algunos compañeros y pudieron llegar a una terraza. La destrucción era total. Los edificios de enfrente parecían un castillo de naipes que se habían desplomado.

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Natalio Slutzky tenía 36 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Natalio tenía que subir a una reunión, pero antes quiso hacer un llamado. Todavía con el teléfono en la mano sintió como todo el edificio se movía y se le venía encima. Junto a otros compañeros pudo salir por la parte de atrás. Recién afuera tomó conciencia de la magnitud de la destrucción. El edificio de la AMIA estaba partido a la mitad, sólo la parte posterior quedaba en pie.

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Javier Bedne tenía 33 años, era empresario y vecino de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en Tucumán y Pasteur.

Su local sobre la calle Pasteur estaba destrozado por la onda expansiva de la bomba. También el negocio que tenían sus padres a pocos metros. En los minutos posteriores a la explosión, en medio de la conmoción, Javier socorrió a su familia, vecinos y amigos del barrio. La cuadra de toda su vida era un escenario dantesco.

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Juan Segundo Canale tenía 29 años y era chofer de colectivos.

A las 9.53 hs. estaba en Pasteur y Tucuman, manejando el colectivo de la línea 75.

La explosión lo dejó aturdido. De golpe se reventaron las gomas y volaron los vidrios. No escuchó más nada. Estando todavía en shock llegó hasta el barrio de Nuñez. De pronto se encontró de cara a la cancha de River Plate. Un poco más sereno se sentó en un bar y vio las noticias. En ese momento comprendió lo que había pasado.

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Verónica Pate tenía 20 años y tenía un comercio vecino a la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en uno de sus locales, en Pasteur 656.

Verónica tenía dos locales. Uno lo atendía ella y el otro, enfrente, su amigo Walter. Antes de empezar la jornada se juntaban a conversar en la vereda. Esa mañana un vendedor les interrumpió la charla con la promesa de una buena promoción. Cada uno terminó volviendo al local. No terminó de hervir el agua que había puesto para el mate cuando se le vino el techo encima. Cuando salió se dio cuenta que no era un derrumbe, a su alrededor la cuadra estaba devastada.

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Marcelo Fernández tenía 24 años y tenía un kiosco en la esquina.

A las 9.53 hs. estaba atendiendo su local en Pasteur 698.

Marcelo estaba detrás del mostrador cuando todo estalló. Milagrosamente estaba ileso. Su papá, Alberto, tenía una panadería a la vuelta del local y estaba haciendo repartos. Marcelo lo encontró gravemente herido e inmediatamente lo socorrió con ayuda de los vecinos. Con una reja Improvisaron una camilla y lo llevaron corriendo al Hospital de Clínicas, donde falleció.

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Adriana Sibilla tenía 32 años y era vecina de la AMIA.

A las 9:53 hs. estaba en su casa, en el décimo piso de Pasteur 632.

Adriana estaba con dos de sus hijos, Juan y María, de 7 y 9 años. Se acababan de mudar con toda la ilusión de tener una casa nueva. Todavía tenían cajas y valijas por desempacar. Preparaba el desayuno cuando el departamento se sacudió. En ese momento agarró a sus hijos y bajó lo más rápido que pudo. Antes de irse alcanzó a dejar un mensaje en el contestador a sus suegros. La destrucción era total pero estaban vivos.

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Gabriela Terdjman tenía 16 años y era vecina de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en su casa, en el cuarto piso de Pasteur 632.

Como eran las vacaciones de invierno, ese lunes Gabriela pudo dormir hasta un poco más tarde. Cuando se despertó ya estaba en el piso de su dormitorio sin entender qué había pasado. La casa estaba totalmente revuelta. Su mamá y la empleada doméstica la ayudaron a ella y sus hermanos a salir. Descalzos y en pijamas se despertaron con la desesperación de sus vecinos. Después de pasar por el Hospital de Clínicas fueron a lo de su tía. A su papá lo vieron por la televisión que apenas escuchó la noticia fue al edificio y los buscó por horas en los hospitales.

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Horacio Neuah tenía 48 años y era comerciante.

A las 9.53 hs. estaba en su coche en la cuadra de la AMIA.

Ese día Horacio fue al Once con su mujer a buscar mercadería. Después de cargar las cosas que compró en Casa Susy, en Pasteur 666, se subió al auto y arrancó para seguir. La camioneta que estaba adelante lo terminó cubriendo. Voló con su coche hasta la esquina. Con el coche destrozado llegó al Hospital de Clínicas. Tres horas más tarde se reencontró con su esposa.

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Hugo Fryszberg tenía 33 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Cuando escuchó la explosión, instintivamente se tiró abajo de su escritorio. Con una escalera de madera muy precaria empezó a ayudar a sus compañeros a salir hacia una medianera, entre ellos estaba su hermano, Gabriel.

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Claudia Grinberg tenía 26 años y era vecina de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en su casa, en el quinto piso de Pasteur 644.

Como cualquier otro lunes, Claudia estaba por arrancar la semana. Se estaba por ir a bañar cuando pensó que el mundo se le venía encima. Los escombros, los gritos, la sangre, la muerte y el horror le hicieron conocer un mundo que, hasta entonces, le era absolutamente ajeno.

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Carlos Dolmatzian tenía 38 años y tenía un comercio vecino..

A las 9.53 hs. estaba atendiendo su local en Pasteur 601.

Ese día Carlos abrió el negocio más temprano. Mientras él barría, una clienta se probaba ropa. Estaba por tomar el primer café de la mañana cuando sintió que se movían el piso y las paredes. En segundos todo se tornó gris por el polvo y de pronto su vecino de la lotería apareció en la puerta ensangrentado. Todos los vecinos y comerciantes empezaron a socorrerse. Todo alrededor era una pila de ruinas.

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Edmundo Barón tenía 32 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Esa mañana Edmundo estaba coordinando la entrega de mobiliario. Se estaba remodelando el edificio y debía definir qué muebles había que armar y en qué oficinas había que colocarlos. Edmundo Iba y venía de un lado al otro del edificio, del frente al fondo dando respuestas a las consultas de sus compañeros. En el momento de la explosión fue a buscar un plano que, por esas cosas del destino no encontró y se empecinó en buscar en la oficina de mantenimiento. Cuando bajó la polvareda, medio edificio ya no estaba. Era una bomba. Otra bomba en Buenos Aires.

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Gabriel Fryszberg tenía 31 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

En el momento de la explosión se tiró abajo del escritorio. Por el ventanal del fondo entraba un poco de luz. Con otros compañeros y las personas que habían ido a hacer trámites pudieron salir hacia una terraza que daba a la calle Uriburu. Ahí se encontró con Hugo. En pocos minutos ya había un despliegue de sirena y caos, todavía no entendía qué había pasado. En un bar le convidaron agua y prestaron un teléfono. Cuando quiso volver al edificio de la AMIA tomó conciencia de lo que había sucedido.

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Ana María Blugerman de Czyzewski tenía 49 años y era auditora de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el primer piso del edificio.

Ese día Ana María fue al trabajo con su hija, Paola, estudiante de abogacía, para que la ayudara con algunos papeles legales. Luego de la explosión Ana María pudo salir con ayuda de la policía. Esa parte del edificio todavía quedaba en pie. En ese momento Paola había bajado a buscar un café. Tres días después la encontraron entre los escombros.

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Anita Weinstein trabajaba en AMIA.

A las 9:53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Esa mañana Anita continuaba trabajando junto a Mirta Strier en las actividades vinculadas con el centenario que la AMIA celebraba en 1994. Tenían que redactar muchas cartas y necesitaban una computadora. Anita fue hacia la oficina de Miguel Salem, en el fondo del edificio, para ver si conseguía un equipo. Alcanzó a sentarse frente a Miguel cuando de golpe todo se sacudió. Luego de esos interminables momentos de horror, miedo y angustia, pudieron salir hacia una terraza y comprobar la destrucción. A Mirta la encontraron una semana después bajo los escombros.

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Daniel Pomerantz tenía 31 años y era empleado de AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Para cualquier futbolero como Daniel, a ese lunes por la mañana se le sumaba que Brasil había salido campeón. Ese era el tema del día. Antes de poder acomodarse en su oficina lo llamó Salo de Personal para resolver algunos asuntos que no podían esperar. Se acercó hasta la oficina de su compañero con la intención de terminar lo antes posible. Cuando la bomba explotó, estaba parado debajo del marco de la puerta, con más ganas de irse que de quedarse. Salo lo retuvo con una pregunta. Los dos pudieron salir hacia una terraza ante la mirada extraviada de los vecinos. Su oficina quedó sepultada por los escombros.

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César Gabriel Romero tenía 18 años y caminaba por el barrio con un amigo.

A las 9.53 hs. estaba en Tucumán y Pasteur.

En ese momento César voló hacia adentro de un local. Su amigo cayó sobre otro transeúnte. Para él el tiempo se detuvo en ese instante. El reloj no corrió más. Un patrullero que pasaba lo llevó al hospital para que puedan atenderlo.

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Adrián Furman tenía 26 años y era empleado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el segundo piso del edificio.

Esa mañana Adrián pasó a tomarse un café por el cuarto piso, donde trabajaba su hermano Fabián. Después siguió con sus cosas. Cuando ocurrió la explosión se metió debajo del escritorio. Su oficina estaba en el fondo y por eso pudo salir hacia un patio externo, cruzando una medianera. Seis días después encontraron muerto a Fabián.

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Gabriel Roffe tenía 32 años y tenía su oficina al lado de la AMIA.

A las 9.53 hs. estaba en el octavo piso de Pasteur 611.

Cuando la bomba explotó Gabriel estaba atendiendo a una clienta. El impacto lo derribó sobre la mujer. Puertas, paredes y ventanas volaron. Algunos vidrios se incrustaron en su cabeza. Eran heridas menores en comparación a la destrucción total. Al día siguiente, en el sanatorio, se encontró en un listado de víctimas que habían publicado en el diario, lo habían dado por muerto.

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